La amistad marida con Temple

Blas nunca puede desconectar del todo del trabajo. A pesar de estar de vacaciones, ser socio del bufete de abogados tiene sus obligaciones. Aunque sea pleno agosto y el sol abrase todo ser vivo, a veces hay que volver a la ciudad a solucionar urgencias. La justicia sabe que agosto es un buen mes para abrir diligencias contra un político. Los medios de comunicación van al ralentí y las portadas duelen menos. Los abogados también lo saben, aunque les partan las vacaciones.

Hoy Blas ha dejado a Mabel y los niños en la casa de la playa y ha cogido el primer AVE de la mañana. En el vagón se ha acordado que hace tiempo que no ve a su amigo de infancia y todavía no le ha dado la noticia. «¿Íker, estás en la ciudad hoy? ¿Cenamos en la brasería? Pediremos un vino nuevo que ha descubierto, ¡espectacular!». A pesar que es agosto y la capital se vacía, prefiere llamar para reservar mesa. Le gusta la de la esquina, la más discreta. Aunque la cena de hoy es con Íker, nunca se sabe quién hay en la mesa de al lado. Blas no es un abogado mediático, pero alguno de sus mejores clientes salen a menudo por televisión. «Tenéis vinos Bella Pilar, ¿verdad?». «Claro. Le reservo su mesa para las diez».

Esta mañana en los juzgados no había cámaras ni periodistas. El trámite ha sido rápido e indoloro. Más rápido de lo que Blas había calculado. Mejor. Le queda la tarde para él, luego cena con Íker para ponerse al día, y mañana vuelta a la playa, cruzando los dedos para que no haya más sorpresas.

Íker y Blas son amigos desde los 12 años, aunque nadie lo diría. Se encuentran en la puerta de la brasería y a pesar que ya se conocen, se miran mutuamente con sorpresa por como van vestidos. Blas no entiende como con 44 recién cumplidos Íker todavía vista como un postadolescente: deportivas rojas, pantalones vaqueros cortos, camiseta blanca con una foto de Travolta y Samuel L. Jackson vestidos de negro y apuntado con una pistola a la misma dirección –»Tarantino es Dios»– y bandolera cruzada. Íker no entiende como Blas, a pesar de estar de vacaciones y estar a 30 grados a las diez de la noche, viste zapatos, pantalón de pinzas por debajo de los tobillos y camisa azul de manga larga. Eso sí, con los puños doblados dos veces –simétricamente– y sin corbata. El toque veraniego de Blas. Se miran y dicen a la vez «¡¿Dónde vas así?!», y se ponen a reír. La amistad verdadera es eso.

Se sientan en la mesa preferida de Blas. «Ensalada de bonito y chuletón a la brasa poco hecho», pide al camarero. Es de las pocas cosas en lo que coinciden Blas e Íker –a parte de quererse como hermanos–, el chuletón, y la carne de ternera en general, que todavía respire. Si van a comer con más gente y alguien lo pide muy hecho, le miran con desdén. «Ese no es de fiar». Para beber, un Temple de Bella Pilar. Desde que los ha descubierto no pide otros. Le cuenta a su amigo que tienen siete tipos de vino, pero ha leído en un blog de vinos que Bella Pilar quiere ampliar la oferta. Ojalá. «El Temple para la carne a la brasa es ideal«. Íker en tema de vinos no discute. Siempre deja que escoja su acompañante, pero con el tiempo ha perfeccionado su paladar. Como todo, es cuestión de práctica. «¿Sabían que este vino ha ganado un premio Mezquita?», apunta solícito el camarero.

Íker vuelve a estar sin trabajo. Esta vez le ha durado un año, todo un récord. Suerte que es informático especializado en big data y sabe que puede escoger, pero cuando el jefe no es un inútil, los compañeros son unos trepas o no le pagan lo que se merece. Blas le ha dicho millones de veces que tiene que cambiar. Que la culpa no puede ser siempre de los demás. «¿Y cuando vas a sentar la cabeza?». Odia que le diga esto. Íker tiene alergia al compromiso pero le encantan los niños. Sabe que las dos cosas no son compatibles y se conforma con ser el mejor tío postizo de sus amigos. Blasito y Alba se ríen mucho con él y le quieren como si fuera de la familia. Es de la familia.

«¿Hacemos la última en casa?». Cada uno con su coche llegan al chalet de Blas de las afueras. Es tarde pero no hay nadie en casa. Saca de la nevera un Pureza bien frío, lo sirve en dos copas Riedel y va hacia el comedor. Con la mirada de su amigo, Íker ya sabe lo que le apetece a Blas. Se sientan en el banco de lado, abren la tapa y empiezan a tocar a cuatro manos el piano. La banda sonora de ‘Réquiem por un sueño’ es una de sus preferidas. Así se conocieron en 1988, en la escuela de piano. Íker venía de un barrio humilde con una beca. No encajaba. Pero conectó con Blas enseguida, y hasta hoy. «Mabel está embarazada otra vez. Nacerá en febrero». Hay abrazos que solo los da un amigo de los de verdad. Íker coge el tapón de corcho y apunta la fecha, 13 de agosto de 2020, y se lo guarda en el bolsillo. No puede alegrarse más por él. Volverá a ser tío. #momentosbellapilar